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20.2.04

Pacto de Estado por la Ciencia 

Como ya sabeis algunos de vosotros, mis queridos lectores, uno de mis intereses documentaloides es la evaluación de la Ciencia y por extensión del mismo interés, el desarrollo de la Ciencia. Llevo ya un par de días escuchando hablar de un documento elaborado por varios científicos de reconocido prestigio en España y llevo los mismos días tratando de localizar el mencionado documento. Al fin lo he conseguido. El Pacto de Estado por la Ciencia no tiene desperdicio. Me quedo con él de principio a fin. Me hubiera gustado que hicieran más hincapié en la evaluación en todos sus aspectos y una mayor estructuración de contenidos, pero este documento debe ser, sobre todo, un punto de partida para la sociedad en general.
Os lo ruego, leedlo y comentadlo por aquí. Os reproduzco el último punto, que me parece un buen comienzo, aunque no estoy del todo de acuerdo en asociar calidad científica con Premio Nobel únicamente. Supongo que Miguel Servet también cuenta, por poner un ejemplo:

Ciencia es también sinónimo de cultura. Los países cultos se miden no sólo por sus artístas, literatos, músicos o pintores. También lo hacen por el nivel de sus científicos, de personajes capaces de entrar por la puerta de la Historia. Sólo Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa ocupan este escalafón en España. Un bagaje demasiado pobre para un país como el nuestro.

 

4.2.04

Los cánones que antaño pagaban las bibliotecas 

Pasado el vendabal del pago de derechos de autor en las bibliotecas, os voy a contar una historia extraida del libro Cocina de reyes y pobres de Gloria Sanjuan:
En una ocasión le pidieron a Alejandro Dumas padre que donara unos libros para la biblioteca que se acababa de inaugurar en Cavaillon, lugar famoso por sus melones. La respuesta que les dio Dumas fue la siguiente: Si el pueblo y las autoridades de Cavaillon estiman mis libros, yo gusto extraordinariamente de sus melones; así pues, es mi deseo que, a cambio de mis dos o trescientos volúmentes, se decrete a mi favor, por orden de ese Municipio, una renta vitalicia de doce melones por año.
Por lo visto Dumas notificó a su editor que mandara dos o trescientos volúmenes de sus obras ya publicadas y que lo tuviera en cuenta para futuras ediciones. Con Cavaillon, para asegurarse los melones, se comprometió a correr con los gastos del envío de melones (y supongo que de los libros). Y Dumas recibio los melones durante toda su vida.

Esperemos que los autores se limiten también a este tipo de intercambio. Aunque me temo que a la SGAE y a CEDRO no se les convence con melones.

Y por último, me gustaría dedicarle esta nota a Nicolas Morin, y como supongo que no entenderá muy bien lo que he escrito, que pinche este enlace que lo cuenta en francés (creo) y cuenta la historia de Dumas y los melones de Cavaillon.

 

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